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¡Que no estamos tan mal, hombre!

¡Que no estamos tan mal, hombre!

Lo dijo Joan Laporta, que como profeta es un buen presidente, hace apenas unas semanas. Claro, todavía estaba vivo el Barcelona en la Liga y en Europa, lo que le permitía sacar algo de pecho, confiado en llevarse al menos un mendrugo a la boca antes de que acabase la temporada. Visto lo de anoche en el Bernabéu, el soberano repaso pero, sobre todo, la imagen vencida y doblegada de su equipo, Laporta tendrá que revisar la frase que les soltó a los peñistas: "¡No se dejen embaucar, que no estamos tan mal, hombre!".

En parte, tenía razón el presidente creador del círculo cada vez más dudoso. El Barça no está mal, sino mucho peor. Está como hacía años que no se encontraba, sin brújula en la secretaría técnica, en busca de un parche para el banquillo y a punto de abordar un mercado donde ya está escrito que se dejará mucho más dinero del que podrá recaudar. Anoche Frank Rijkaard certificó su defunción como entrenador culé. Y, lo que preocupa más, el equipo parece en pleno proceso de putrefacción. Ahora no parece que el culpable sea Ronaldinho. Tampoco Rijkaard, que con estas armas ganó dos Ligas y una Champions. El culpable, quedó dicho aquí hace tiempo, está más arriba. Que n'aprengui!

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