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¡Santo, santo, santo!

¡Santo, santo, santo!

Escribo desde Ibiza. Son las once y media de la noche. La isla es una bocina. ¡Qué locura! La calle grita: ¡España, España! e ¡Iker, Iker! El portero madridista fue el brazo ejecutor de un triunfo que debió llegar sin necesidad del inhumano tormento de los penaltis. Cuando Cesc marcó el definitivo me acordé de Gemma Nierga, ¡ah, las mujeres! La que anticipó que esto acabaría por penaltis e Iker le ganaría a Buffon. Así fue, así pasó. Después de 120 minutos de aplastante dominio español ante una Italia inferior, cuya única victoria era llegar a los penaltis.

No fue así porque el único santo que estaba en el partido es de Móstoles y juega con nosotros. En la tribuna estaba una amplia representación de queridos colegas que votan esos extraños premios de fin de año y que nunca le dieron el mérito que tiene. Los que estando la Juve en Segunda siguieron votando que el gran Buffon es el mejor portero del mundo. Va por ellos. No engañan a nadie. El número uno es paisano nuestro: ¡qué orgullo! Iker Casillas Fernández. ¡Santo, santo, santo!

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