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Gasol y los suyos pasearon por Madrid

Gasol y los suyos pasearon por Madrid

En un bonito día de Madrid, de esos fronterizos entre el verano y el otoño, con cielos entrepelados que pintó muy bien Velázquez, la selección de baloncesto ofreció a los cuatro puntos cardinales su expansiva alegría. Al ciudadano le cogió un poco por sorpresa, así que verdadera multitud no se reunió hasta entrada la tarde, en Cibeles. Allí, sí. Allí se congregó la gente frente a estos jóvenes gigantes (de cuerpo y de alma) que han completado su colección con un oro que les faltaba. La gente lo pasó muy bien, como lo había pasado la víspera ante la televisión. Y les agradeció que se ofrecieran, que se dejaran ver.

Y también se lo agradecerán, a buen seguro, nuestras autoridades. El Rey. El presidente del Gobierno. El alcalde de esta sufrida ciudad, motejada de unidad administrativa, que aspira a organizar unos Juegos Olímpicos. Los tres tienen cada día un montón de bolas en el aire, a riesgo de que alguna se les caiga. No es fácil llevar un país ni una capital, no es fácil encontrar soluciones para las cosas que ocurren cada día. Por eso son buenos estos éxitos, porque alivian penas, disputas, desconfianzas. El deporte no da soluciones, pero da alegrías. Y los éxitos deportivos nos hacen sentirnos más próximos unos a otros.

Parece ingenuo, pero es así. Uno se siente mejor cuando se sabe parte de un colectivo capaz de alcanzar éxitos. También si son éxitos deportivos. El deporte cultiva la excelencia de las virtudes físicas y morales de la especie. Es un espacio limpio, en el que se compite dentro de unas reglas universalmente aceptadas y estrictamente vigiladas, por árbitros imparciales siempre, por el ojo de la televisión ahora. Un espacio sin trampa ni cartón, un espacio sano y libre. Tener grandes éxitos deportivos quizá no sea estrictamente lo mejor que le puede pasar a un país, pero sí es algo bueno. Y como tal debemos tomarlo.

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