Yo digo Javier Martín
Los cambios del fútbol y el baloncesto
Javier Martín
En mis años mozos el que jugaba al baloncesto era un marica. Valga decir que mis años mozos no son de este siglo y que por aquel entonces el homosexual no sólo estaba mal visto, sino que corría riesgo de prisión. En aquellos tiempos pretéritos, pongamos los 60-70, los machotes jugaban al fútbol, el más de lo más era el defensa central y el menos de lo más, extremo derecho (el 11, el zurdo, era el único heterodoxo del régimen bien visto). En aquellos años, el árbitro de baloncesto señalaba personales por rozamiento; mientras en el fútbol había barra libre (todos los árbitros se llamaban Webb). La más alevosa de las patadas se sancionaba con una simple falta, y el defensa no tenía límite para reincidir, pero en 1976 se acabó el chollo del defensa: la FIFA implanta las tarjetas de colores y con ellas comienza el declive de la bruza bruta.
Paralelamente a que el fútbol se reblandece, el baloncesto se endurece, los cuerpos chocan, se cargan unos a otros y cada vez es más raro ver a un jugador abandonar el campo por cinco faltas personales. El cambio del criterio ha favorecido a todos. Se ha frenado la arbitrariedad absoluta de los jueces del baloncesto y también la manga ancha de sus homónimos del balompié. Y ambos deportes son hoy más espectaculares.
Técnicos y cazatalentos, nutricionistas y fisiólogos, canteras y campamentos de verano, todos los eslabones que moldean al deportista del futuro han de amoldarse a los cambios de reglamento y, más aún, a los cambios de gustos del público. Y sin duda en eso el Barcelona ha estado más avispado que otros, y la Selección española también. Hace un cuarto de siglo no hubiera subsistido una delantera como la formada por Messi, Bojan y Pedro, sin peso ni altura, con la que Guardiola se jugó la Liga en Sevilla. Antaño, velocidad y habilidad se cortaban con patadas. 160 centímetros de estatura, 60 kilos de peso, frente a defensas con 20 kilos y 20 centímetros más. En aquellos 70 campaban 'atilas' como el uruguayo Montero Castillo, o los atléticos Ovejero y Arteche en una defensa donde el más fino se apodaba Panadero (Díaz).
Con esos presupuestos debatir sobre el mejor futbolista de todos los tiempos es tan divertido como absurdo. Ni Messi hubiera sobrevivido hace 30 años, ni Benito hubiera acabado hoy la mitad de los partidos. El deportista, el futbolista en concreto, y las características de los equipos, son fruto del reglamento, más aún que de los gustos del público. No hay mejor ejemplo de esa comunión de reglamento, televisión, incluso civilización, que el Barcelona de Guardiola o, en su extensión, la Selección española. Ambos equipos sufren, sin embargo, cuando el árbitro es de esos que "dejan jugar", o sea el de la final del Mundial, un inútil -como reconoció su mujer- llamado Webb. En un deporte tan anárquico como el fútbol, algunas estadísticas muestran ya su evolución física. Una de las más interesantes que nos inundan (en mi opinión, se sobrevalora la posesión de balón) es la distancia que corre un futbolista. Vemos que un centrocampista, Xavi por ejemplo, se va a la ducha tras hacerse entre 10 y 12 kilómetros por partido (una maratón cada cuatro, diez maratones al año ¡insólito!). En los años 80, Víctor era el correcaminos español, y casi nunca pasaba de los 7; la media estaba en los 5 kilómetros, distancia que hoy se hace el portero y, probablemente, aunque no le auditan, Joaquín Caparrós en su banquillo.
Un Iniesta en los 70 es inimaginable por las reglas de entonces y la interpretación arbitral; pero probablemente tampoco hubieran pisado hoy un estadio un Rexach o un Del Bosque, talentos exquisitos, pero sin las condiciones físicas que se exigen. Los tiempos cambian. Y seguro que los habilidosos de ayer, los Amancio, Carrasco, López Ufarte o Cardeñosa añoran la protección arbitral de que gozan hoy los delanteros. Equilibrados por un lado o por otro fútbol y baloncesto, a los más sensibles les queda el patinaje artístico, y a los amantes del choque se pueden refugiar en las nobles refriegas del rugby, y, las no tanto, del balonmano. Siempre que no salga un árbitro-calzonazos como Webb.
