Opinión

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Yo digo Sebastián Álvaro

Herederos de un legado de aventura

Dentro de un par de días los participantes en la Volvo Ocean Race se harán de nuevo a la mar para afrontar la tercera etapa de esta competición de vela considerada entre las más duras de cuantas se celebran y que terminará el mes de julio en el puerto irlandés de Galway. Y partirá como líder el barco español Team Telefónica patroneado por Iker Martínez y en el que también navega Xabi Fernández. Ambos son la tripulación olímpica masculina más laureada de la historia de la vela española. En esto de las regatas transoceánicas ya tienen un brillante palmarés pues el año pasado lograron un meritorio segundo puesto en la Barcelona World Race, una regata a dos y sin escalas alrededor del mundo.

No resulta difícil vislumbrar en las figuras de Xabi, Iker y tantos marinos brillantes de nuestro país la estela de una pasión por el mar que, siglos atrás, consiguió transformar el mundo gracias a un puñado de personas extraordinarias que se atrevieron a ir plus ultra, más allá, aún cuando ello implicase riesgos considerables y, a veces, ir en contra de las normas y del sentido común de su época. Y ese mandato imperativo fue roturado en el océano con la proa de unos pequeños barcos que se adentraron en mares procelosos y desconocidos. Nunca, como en aquellos cien años que cambiaron el mundo a partir de 1492, se hicieron más hazañas de aventura y navegación, nunca se cambió de forma tan radical nuestro pensamiento y la percepción que tenemos los humanos de nosotros mismos y de nuestro planeta.

Y nosotros somos, de alguna manera, herederos de su legado, de sus avances y de su valor. Todos los aventureros seguimos las huellas de estos hombres y mujeres que se atrevieron a imaginar otro mundo diferente y luego lo hicieron realidad. Y cuando te encuentras en las manos con un testimonio de aquellos tiempos aventurados, como me ocurrió hace no mucho en el Archivo de Indias, no puedes evitar un estremecimiento de emoción. Pude ojear el informe de Juan Ladrillero sobre su expedición de dos años explorando el extremo sur de América, algo inédito para la época. De Ladrillero apenas sabemos nada, ni siquiera dónde murió, pero en este informe, perdido durante siglos entre legajos víctima del cáncer burocrático que asoló la España imperial, se descubre a un hombre adelantado a su tiempo por su mirada científica e inasequible al desaliento a pesar de las mil penalidades y peligros mortales que debió arrostrar.