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Yo digo Sebastián Álvaro

La muerte de un porteador

Hoy es uno de esos fastidiosos días en los que uno preferiría no escribir esta columna de aventura. Acabo de poner los pies nuevamente en Madrid y estaba debatiéndome sobre qué escribir, después de dos semanas en Uganda rodeado de montañas y gorilas en la niebla. Tras un viaje así, el alma se siente reconfortada y la cabeza y el espíritu tardan unos días en reencontrarse con la dura realidad del día a día. Me hubiera gustado contarles lo gratificante que es enriquecerse con la diferencia de países que, a pesar de la miseria, se levantan optimistas todos los días del año. Pero será otra semana. Porque acaba de llegar un amigo pakistaní desde el Karakorum con las últimas noticias de este territorio donde la vida cotidiana es tan dura. Y me trae una muy mala noticia: la muerte de Mohamad Janua, uno de mis buenos amigos desde hace treinta años; uno de esos porteadores leales y duros como las piedras que forjaron el Karakorum. Mohamad siempre nos acompañó en las expediciones más duras que hemos realizado.

Cuando tenía que buscar para resistir en lugares o momentos duros siempre encontraba a Mohamad. En la primavera de 1996, cuando una nevada de más de un metro de espesor nos bloqueó el camino al campo base del Hidden Peak, fueron Mohamad y sus compañeros quienes se encargaron de abrir huella y de esta manera salvar la expedición. O en el invierno del 2003 en la primera expedición invernal al Broad Peak. La última vez fue este verano pasado cuando necesité ir al pie de una pared perdida en un valle no menos perdido, amenazado por continuos desprendimientos de rocas.

Mohamad buscó una ruta segura en medio de los enormes bloques que cerraban el paso. Antes de irnos nos dimos un apretón de manos. Y me gusta recordarle así, con esas rugosas y encallecidas manos que tienen la gente noble del campo. Apenas hablaba inglés y casi nos entendíamos con gestos y miradas. Me gusta también recordar que son esos gestos, además del lenguaje, lo que nos hace humanos. Hace unos días volvía del hospital de Khaplu de ver a su hija y cerca de Hushé, su aldea natal, una avalancha cayó sobre el jeep en el que iba sentado en la parte de arriba. Los que iban dentro no se enteraron de lo que se les venía encima y Mohamad saltó en marcha para tratar de avisarles. Una gran piedra le golpeó en la cabeza y cayó fulminado. Paradójicamente el jeep quedó destruido pero los que iban dentro se salvaron todos. Todos, menos el bueno de Mohamad. Me gusta recordarle así, con su fortaleza y lealtad en bandolera. Como son los porteadores del Karakorum.