Opinión

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Yo digo Sebastián Álvaro

Andar por la frontera más arriesgada

Qué te hace elegir, finalmente, un camino u otro? Intentarlo o desistir. Dar por perdidos todos los esfuerzos o arriesgar en un último intento que dé sentido a tanto trabajo y sufrimiento. Sin duda, todos nos hemos enfrentado alguna vez a estas disyuntivas en nuestra vida. Igual ocurre con el deporte, ¿qué hubiera ocurrido en tal partido si el delantero hubiese sido otro o si el portero no hubiera fallado? Sin embargo, en el mundo del alpinismo, este tipo de decisiones pueden adquirir un sesgo dramático cuando de lo que se trata es de enfrentarse a un gigante helado donde el viento y el frío invernales son tan poderosos como inhumanos. Es lo que acaba de ocurrir en el Hidden Peak, donde Alex Txikon tomó una decisión que, a la postre, le ha salvado la vida a él y a la polaca Tamara Stys. Por el contrario sus compañeros de escalada, que optaron por seguir subiendo en unas condiciones durísimas, ojalá me equivoque pero es probable que se hayan quedado en la montaña para siempre (cuando escribo estas líneas, se sigue sin tener noticias de los tres alpinistas, un austriaco, un suizo y un pakistaní, desaparecidos hace seis días). Nos gusta pensar que es un análisis racional quien ayuda a decidir, pero mi experiencia me dice que tan importantes o más que ese análisis son las propias sensaciones. Ese algo irracional, casi físico, un sexto sentido, que te grita para que no sigas adelante.

Saber interpretar esas señales y conjugarlas con la experiencia y el sentido común son talentos primordiales en momentos al límite, en un accidente, en guerras y devastaciones y desde luego frente a un gigante de más de ocho mil metros en invierno o frente al más grande e inclemente de los desiertos, la Antártida. Alguien que conoció muy bien este tipo de situaciones, y sobrevivió a sus muchas amenazas, Ernest Shakleton, escribió: "A menudo me ha maravillado el estrecho margen que separa el éxito del fracaso".

En esos territorios salvajes, los aventureros se mueven en el filo, donde cada paso es una apuesta a todo o nada. En ello radica, probablemente, su mayor atractivo. Vendrán los análisis, e incluso las críticas, por lo que acaba de ocurrir en el Hidden Peak. Y es bueno que llegue, pues se aprende de la experiencia. De momento me quedo con lo esencial: el mérito de Alex Txikon, tomando la decisión adecuada, renunciando a la cumbre tras dos intentos invernales seguidos, cuando a 7.200 m. parecía que la cima estaba al alcance de la mano. Sólo sus protagonistas sabrán -y puede que ni siquiera ellos- lo que les llevó a decidirse por un camino u otro. La débil línea que separa la vida de la muerte.