Opinión

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Yo digo Sebastián Álvaro

El alma de Guadarrama es su parque

Ayer mismo estaba caminando por el recién estrenado Parque Nacional de Guadarrama con uno de esos hombres que todo el mundo de la cultura y la ciencia respeta en nuestro país. En realidad comencé caminando por estas montañas cuando era un niño y ahora vuelvo para reencontrarme con sus paisajes. Es la mirada de quien ya está de vuelta en casa y reconoce estas montañas, los bosques, donde se encuentra el tejo centenario (uno de los árboles más antiguos de la Península) y se impregna de olores, paisajes y luces que inspiraron a pintores como Velazquez o poetas como Machado. ¡Por fin! hemos conseguido salvar estos paisajes de la destrucción, urbanización y especulación.

Pero no ha sido un proceso sencillo. Muchas trabas y a veces muchos intereses, se confabularon para interponer obstáculos e impedir que Guadarrama se convirtiera en el último Parque Nacional de España. Más de once años han sido necesarios y en el camino se han perdido muchas hectáreas y algunas características fundamentales del mismo, como el Pinar de los Belgas o los Pinares de Valsain. Espero que cuando se tramite el proyecto en las Cortes sus señorías no recorten más y tengan en consideración que este Parque no sólo es de sus cumbres; porque, en definitiva, no es un punto de llegada sino, más bien, debería ser un punto de partida. Este es el momento de recordar que Alberto Ruiz Gallardón y Pedro Calvo fueron los impulsores políticos de este Parque Nacional, lo que demuestra una rara sensibilidad medioambiental, escasa en las filas de la derecha, y cierto coraje político, aun más raro y escaso en estos tiempos. El verdadero alma del Guadarrama es este hombre que camina a mi lado, Eduardo Martínez de Pisón, uno de esos escasos sabios humanistas que nos quedan, heredero de figuras como Alexander von Humboldt, Edward Wilson o Manuel de Terán.

He tenido la suerte de compartir muchos viajes con Eduardo por parte de Asia Central, China, el Himalaya, Tíbet y el Karakorum. Son lugares donde los mapas se disuelven en la imaginación. Pero es caminando aquí, donde su mirada curiosa se vuelve clara y serena. Quizás porque aquí, ambos sentimos lo mismo que su admirado Giner de los Ríos, cuando, contemplando un atardecer en el Guadarrama, escribió: "No recuerdo haber sentido nunca una impresión de recogimiento más profunda, más grande más solemne, más verdaderamente religiosa". Gracias a todos los que lo hicieron posible.