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Yo Digo Juan Jiménez

Embajadores: cuando un club es quien lo representa

Puro blanquiazul. No hay partido sin almuerzo oficial ni acto sin embajador. Ninguno habrá como Di Stéfano, pero cada club tiene su corazoncito. Antonio Fernández Benítez es, por ejemplo, el Málaga. Con 16 años, su padre no soportó sus devaneos escolares y lo sacó de Alicante: "A trabajar". Benítez sólo le pidió apuntarse a un equipo con un amigo. Fue el único futbolista que perteneció al CD Málaga desde juveniles hasta su retirada y lleva 52 años sin levantar la voz. Ahora, cuando se lo piden, lo representa. En Argentina, sin embargo, hay un corazoncito roto. Viberti, leyenda blanquiazul, lo contó hace poco en AS-Color: "Pensé que algún día me llamarían de allí para ser su embajador. Aún sueño con eso".

Leones. En pie con Iríbar. El Chopo es adjunto a la presidencia y su presencia ya lo llena todo, pero el Athletic tiene otros dos clásicos que se recorren las peñas. Eso lo ve menos gente. Koldo Aguirre fue jugador (58-70) y técnico (1976-79) y José Mari Argoitia debutó en 1960 y jugó 308 partidos en 12 temporadas. Quienes lo vieron cuentan que fue un interior finísimo, excelente. Athletic pata negra.

Controversias. El embajador, en ocasiones, produce debates. En Valencia, el encargado es Fernando Giner: central mundialista y valencianista de pro, pero sin el carisma de un nombre mil veces reclamado en la ciudad para el trabajo: Kempes. A la misma labor se dedica en Zaragoza Cuartero, central que subió a la primera plantilla la misma temporada (94-95) que aquel bello equipo de Víctor ganó la Recopa. Pero algunos se preguntan por qué nunca fueron representantes institucionales Violeta, ni Lapetra (ya fallecido) ni Señor...

Escudos. Y los hay mucho más que embajadores, trozos de escudo. Quini aparece en el organigrama del club como delegado, pero El Brujo es en sí el Sporting. Y en Heliópolis, Rafael Gordillo Vázquez ha sido jugador, delegado, secretario técnico, ¡administrador judicial! y presidente. Desde hace unos meses, es presidente de la Fundación que el Betis decidió lanzar para que el patrimonio del club jamás fuese de nuevo unipersonal. Gordillo decidió ser embajador antes que presidente por una razón cómoda, pero más humana aún: "No quiero que la gente me señale por la calle cuando las cosas vayan mal. Sólo quiero vivir tranquilo". Grande, Gordo.