Opinión

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Yo digo Sebastián Álvaro

El Bounty y la rebelión en el paraíso

Una de las primeras víctimas del huracán Sandy a su llegada a la costa norteamericana ha sido la tripulante de un velero que ha acabado hundido. El Atlántico se tragaba así la réplica de un barco que ha pasado a la historia por un motín y una de las hazañas más impresionantes de la navegación: el Bounty. Construido como copia exacta del original en los sesenta, cuando aún los ordenadores no dominaban la Tierra, ni Hollywood, para el rodaje de la película protagonizada por Marlon Brando y Trevor Howard que en España se estrenó con el título Rebelión a bordo. Luego también participaría en Piratas del Caribe. Cuando no estaba de rodaje, se dedicaba a cruceros didácticos que mostraban cómo era la navegación en el siglo XVIII.

El verdadero Bounty, el original, había nacido en 1783 como buque de carga. El Almirantazgo británico lo transformó en un buque armado destinado a recoger plantones del árbol del pan en Tahití para trasladarlos a sus posesiones en el Caribe donde proporcionarían alimento barato a los esclavos. Al mando del capitán Bligh (Trevor Howard en la pantalla), que había acompañado a Cook en busca del paso del Noroeste, llegó sin novedad a su destino paradisíaco, donde la tripulación disfrutó de la amabilidad de las aborígenes hasta el punto de que, un mes después de abandonarlas, el 28 de abril de 1789, un grupo al mando del teniente Fletcher Christian (encarnado por Brando) se amotinó para regresar a por sus amadas, cosa que hicieron para luego emprender una huída hasta las remota isla Pitcairn, donde se asentaron (aún viven allí descendientes suyos), quemando el Bounty con el fin de evitar pistas que los condujesen a la horca, castigo habitual para los amotinados. Bligh y 18 marineros que no quisieron sumarse al botín fueron abandonados en una pequeña chalupa con pocos víveres y la certeza de que su destino era la muerte.

Pero no contaban con la determinación, liderazgo y pericia náutica (sólo equiparables a su mal carácter) del capitán Bligh. Un sextante y un reloj le valieron para conseguir navegar durante más de 40 días y recorrer unas 5.600 millas marinas mientras se mantenían de lo que pescaban y bebiendo la sangre de los pocos pájaros que podían cazar. Así lograron alcanzar la isla de Timor, en el archipiélago malayo, donde pudieron encontrar navíos ingleses. Tan sólo había perdido un hombre, a causa de un enfrentamiento con aborígenes de una isla donde habían recalado para buscar agua y comida.