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Yo digo | Alfredo Relaño

Armstrong: la catarsis del ciclismo

Condenado por la USADA, convicto de haber encabezado el más sofisticado sistema de doping de la historia (lo que le ayudó a ganar siete Tours), Armstrong ya es también confeso. Sí, me dopé. Me salté las reglas, fue mi opción. Fue una declaración matemáticamente calculada, o así la entendí yo, en la que dijo que 'los cinco que no se dopan son unos héroes'. Falta por saber quiénes componen esa 'familia de Lot', para erigirles un monumento a la decencia. Porque sí: era imposible competir en el ciclismo con posibilidades si no se entraba en la rueda. David Millar lo contó muy bien en su libro.

Manzano lo precisó hace años en este periódico y su mundillo (y parte del mío) le cubrió de infamia. La 'omertá' aún imperaba y Armstrong, en primera persona, salía tras Simeoni (un corredor menor y limpio, quizá menor por limpio, que denunció los manejos del doctor Ferrari) para impedirle cualquier intento de saltar del pelotón. Armstrong ejercía de padrino del pelotón, mientras el patrón de su equipo, el US Postal, Thomas Weisel, aconsejaba inversiones al presidente de la UCI, Verbruggen. Y juntos daban la batalla jurídica a quienes denunciaban el caso, como el Sunday Times.

Ya no son Manzano y Simeoni, ahora es Armstrong. El ciclismo necesitaba esta catarsis porque sin reconocerse a sí mismo como es no podrá corregirse. Ahora Armstrong tendrá que responder de perjurio, enfrentarse a David Walsh, del Sunday Times, al que ganó 300.000 libras por calumnias, y devolver premios y honores. No le deseo nada malo. Mi padre me explicó que hay que odiar el delito y compadecer al delincuente. A veces es difícil, pero lo intento siempre, en honor a su recuerdo. En este caso me ayuda la esperanza de que quizá sirva para que el ciclismo todo se mire por fin en el espejo y decida cambiar.