Opinión

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Valdano, Lillo, Floro... y Onésimo en los postres

Fue un año de fatigas para el Rayo. Como casi todos. Y es que la cosa había comenzado realmente mal. Zabalza, técnico de confianza de los Ruiz Mateos, cayó en la séptima jornada después de un triunfo y seis derrotas y Marcos Alonso fue reclamado en plena tempestad. Ahí se inició una larga convalecencia. Durante cinco semanas el equipo caminaría colista y al Bernabéu llegaría en zona de descenso y sin Onésimo, prestidigitador de aquella plantilla, que había visto su quinta amarilla la semana anterior. Al Madrid también le iba mal. Defendía el título y se presentaba al duelo octavo, aunque era casi impensable que se derrumbara en aquella tarde lluviosa del mes de enero. Pero sucedió. El talento intermitente de Ezequiel Castillo, el olfato de Aquino, que sirvió los dos goles, y el oportunismo del brasileño Guilherme, su autor, que tenía 21 años, bastaron. El brasileño metería 39 goles en dos cursos.

El Rayo iría escalando puestos y llegaría a verse decimocuarto en la clasificación, tras provocar las destituciones de tres teóricos de la época (Valdano, Lillo y Floro), pero una racha devastadora, en la que sólo sumó un punto en siete jornadas, acabaría con Marcos y con el sosiego. Se vería condenado a la promoción en aquella temporada de 22 equipos frente al Mallorca. Y, dirigido por Zambrano, se salvaría jugando con diez en el último suspiro (¿Te suena, Tamudo?), con una vaselina de Onésimo, en su último servicio al club franjirrojo. Aquel triunfo en el Bernabéu merecía un final feliz.