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Declaración de inoperancia

El Barça puede remontar, pero ayer luchaba para perder por la mínima. Esa es una declaración de inoperancia. Hubo una posibilidad, el gol que pudo marcar Puyol.

Juan Cruz

Puyol. Es un héroe, pero ayer lo tuvieron que condecorar con un vendaje imposible para que pareciera que sobre el campo de San Siro había un resto del Barça que conocemos: el capitán tratando de evitar la fuga de agua por la que se desangró un equipo que tuvo capitán pero no tuvo ángel. Defendió como un jabato cuando le tocó, estuvo a punto de ver cómo el marcador se desquilibraba antes, pero cuando el Milán marcó el primer gol él estaba ahí, también, tratando de evitar que las rendijas se abrieran demasiado. Y se abrieron demasiado.

El fracaso. El fracaso fue una intuición temprana. El Barça jugó, al principio, como si ya llevara ventaja. Que en un partido como el de anoche el único ay del encuentro se haya pronunciado cuando ya habían acabado los noventa minutos significa una declaración jurada de inoperancia extrema. Esto es muy raro, porque implica a todo el equipo. A un Xavi que parecía entorpecido por sí mismo; a un Pedro que se despertaba a duras penas de una modorra que venía desde la media. A un Messi, que era el dios desconocido. En medio de ese desastre que conducía a la melancolía, Iniesta respondió con algunas intuiciones clásicas, pero era un partido para arriesgar. Y el Barça se conformó con lo peor de su sombra.

Arriesgar. El Milán, sin embargo, fue adquiriendo la costumbre de ganarle al Barça incluso antes de que empezara a marcarle. Con un atrevimiento estético que desarmó a los azulgrana, el equipo de Allegri consiguió poner contra las cuerdas a una defensa que parecía el espejo oscuro de lo que el Barça suele ser. Los contraataques milaneses fueron espectacularmente rápidos, o eso pareció. Porque en realidad lo que sucedió es que el equipo de Tito y de Roura marcó un ritmo lento que parecía nacido de su miedo a salir de sí mismo. No arriesgo, no hizo ningún daño, y se expuso a la frescura de una escuadra que parecía destinada a la derrota y terminó dando una lección de paciencia y de velocidad.

El resto. El Barcelona no jugó al fútbol; al principio jugó a su fútbol, hizo un rondo que debió avergonzar a los milaneses, y a partir de esa jugada, que parecía una bofetada en el rostro rossonero, los jugadores del Milán se sintieron poseídos por una ira diabólica que fue la que en un momento determinado alentó la velocidad de su juego. Frente al rondo, parecieron decir, la agilidad, el carácter felino de un juego que desconcertó a un Barça de mantequilla. El resto del partido, tras aquel rondo, fue del Milán. Messi no disparó a gol nunca, Xavi no supo abrir los elementos que propuso el Milán como cerrojo. Dio la sensación de que el equipo jugó muy lento. Ahora le toca jugar al fútbol ya que anoche jugó a perder.

¿Y ahora? Piqué tuvo razón anoche: perdieron, y sin paliativos. Pudo haber sido otra cosa si el Milán no marca el gol que uno de sus futbolistas arrancó con la mano. Pero no valen estas consideraciones: para esta rendición absoluta no caben paliativos ni lágrimas sobre la leche derramada. Ahora lo que tiene que hacer Roura es trasladar a sus futbolistas la verdad de la vida. Si no juegan a ganar pierden, y si pierden también es inútil que jueguen a perder por la mínima. Tienen que levantarse de esta vergüenza haciendo lo que sabían hacer. Y si no, que hagan memoria. Saben hacerlo; la amnesia de anoche parecía una locura transitoria.