Opinión

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La aventura que casi gana dos Oscars

Si en la reciente gala de los Oscar Joachin Ronning y Espen Sandberg hubieran subido a recoger el de la mejor película de habla no inglesa (al final se lo llevó Amor de Haneke) se habría producido un hecho singular: sería el segundo galardón para una aventura que ya lo ganó en 1951 en el apartado de documental. La película de ahora, desde la ficción, como la de aquella del 51, cuenta la peripecia de un grupo de aventureros noruegos que se lanzaron, en 1947, al Pacífico en una rudimentaria balsa de madera con una vela como único motor y a la que habían bautizado con el nombre del dios solar de los incas: Kon Tiki. El líder de la expedición era un joven biólogo marino que había derivado su interés hacia la antropología llamado Thor Heyerdahl. Para ello se trasladó con sus cinco compañeros hasta Perú y allí construyó una embarcación con la que demostrar su teoría de que las islas de la Polinesia habían sido pobladas por gentes llegadas desde Sudamérica en tiempos precolombinos.

En el puerto peruano de El Callao construyeron su nave con materiales autóctonos e inspirándose en dibujos que los descubridores españoles hicieron de las embarcaciones de los habitantes de aquellas tierras. No importa si tal teoría fuese o no cierta, ese viaje a lo desconocido, con una embarcación precaria, fue una gran aventura. Pero Heyerdahl tenía la mirada puesta tanto en el pasado como en su presente.

Nadie de la tripulación era un experto navegante pero dos sabían manejar una radio, lo que les garantizaba un gran eco mediático, cumpliendo la tercera fase de toda aventura: volver y contarlo para estimular nuestra sed de adentrarnos en lo desconocido. De hecho, tanto Knut Haugland como Torstein Raaben sabían bien lo que suponía mantener comunicaciones en situaciones complicadas. Habían sido operadores de radio durante la II Guerra Mundial jugando un papel fundamental a la hora de hundir barcos nazis o frustrando su intento de desarrollo de la bomba atómica en suelo noruego. La corriente de Humboldt fue el otro impulso que acabó arrastrándoles hasta las islas Tuamotu, en la Polinesia francesa, tras 101 días, 8.000 km. y dos tormentas superadas. El libro de Heyerdahl, (que en España editó Juventud en su mítica colección de portadas amarillas) vendió decenas de millones de ejemplares y se tradujo a 70 idiomas. Un eco mundial que la nominación de este año refrenda la capacidad de atracción de la aventura humana.